LA CAJA NEGRA

Pablo Twose Valls, Barcelona



Un amigo en común comenzó a relatarme la situación
de S. que por aquel entonces ya rondaba los 85 años y justo había sufrido la reciente muerte de su mujer. Me explicó que él y otros compañeros le estaban ayudando a buscar un nuevo alojamiento y que habían pensado en mí.

Esa misma noche decidí escribir a S. para ofrecerle una casa de la familia que había quedado vacía. Era una construcción sencilla de madera que daba a un jardín rodeado de altos muros de ladrillo.

“Necesitaré un estudio”

Fue casi lo primero que me escribió antes de instalarse en Lund. S. me relató escuetamente, en el resto de la carta, la reciente perdida de su esposa y la necesidad de un nuevo lugar donde poder vivir y trabajar. “No necesito grandes espacios y tengo pocos muebles, a mi edad ya no me compro ropa ni caprichos, los únicos que me permito son sólo viejas costumbres: El whisky y los
puros



S. Llegó a Lund un día nublado. Paseó por la casa que yo le mostraba y escogió una pequeña habitación donde colocar su camastro y su colección de tratados de arquitectura entre otros libros. Poco después salió a la calle donde una camioneta descargaba cuatro muebles de madera oscura. S. miraba a los transportistas, vigilaba cada movimiento como si los hiciera él mismo. Al acabar salió satisfecho al jardín.

- Allí construiremos el estudio - me dijo señalando el muro de ladrillo del jardín y luego de mirar bien el lugar me hizo esta extraña petición – K. en el estudio no puede haber ninguna ventana, debe ser completamente ciego.

- ¿Y la luz?

- La luz siempre encuentra caminos – dijo mirando al cielo – Le confieso que me distrae enormemente mirar afuera, hay demasiadas cosas. No, definitivamente, no quiero ver afuera. Espero que lo entienda.



Los planos los realicé en mi estudio, pero cada línea la discutíamos juntos. Esas veladas en casa fueron tardes insustituibles, regadas en whisky y charlas que acababan tarde.

La construcción fue rápida, el carpintero trabajaba bajo la atenta mirada de los dos. A S. se le veía muchas veces hablando con los operarios, de vez en cuando cogía una herramienta y la sostenía comprobando su peso, solía explicarles dónde colocar un tornillo o un clavo, les hablaba de las vetas de la madera, de cómo crujían en verano, les hablaba de su oficio y ellos le escuchaban con interés... Otras veces se quedaba mirando quieto una esquina, o parecía que escuchara algo.

- K., ¿oye esos niños?

- Son los hijos de Karen, la vecina, suelen salir a jugar a pelota al patio al mediodía.

- Se oyen tan cerca que parece que podamos tocarlos desde aquí, ¿no cree? El oído le da al mundo un sentido más familiar, sí, quizás demasiado familiar para el trabajo.... El silencio es importante… - Se quedó un rato callado y antes de volverse al interior dijo – El silencio lo agranda todo, remansa el tiempo. ¿Qué edad tiene usted, K?

-56.

-Entonces usted ya sabe todo esto.

Nos referíamos al nuevo estudio como “the black box”, debido al asfalto negro que cubría la fachada, era un sistema industrial que había ensayado en otro proyecto y a S. le pareció bien reutilizarlo aquí. Consistía en tableros de virutas de madera mezclados con asfalto. Con el calor del verano el estudio desprendía un olor característico.

Recuerdo, por ejemplo, como algunos años después S. se acercó a mí en un día caluroso y me dijo - Parece que acaba la primavera, ya huelo el asfalto –S. me recordaba a aquellos campesinos que medían el tiempo a través del florecer de sus árboles.

El resto de la caja negra la construimos con estructura de madera basta. Coincidíamos los dos en el gusto por los materiales crudos, sin tratar, donde la veta de la madera y el tacto aserrado ya eran suficiente decoración.

En el techo 3 incisiones cuadradas ofrecían la única entrada de luz de todo el espacio. S. decidió girarlos 45º, sólo con este gesto parecían rectángulos de luz flotando en la oscuridad.



Justo antes de acabar la construcción S. llamó a una empresa de aluminio aislante para forrar unas paredes del estudio y de su habitación. A pesar de mi extrañeza no me explicó nada más.

S. poco a poco se adueñó del espacio, se trajo sus muebles, añadió los flexos, las maquetas y los libros.

Yo era un arquitecto acostumbrado a trabajar con la luz, cuanto más blanca, más homogénea y pura mejor, eso había creído siempre y seguía creyendo que la luz de alguna manera nos daba una medida de la verdad. Pero en cuanto entré en la caja negra todo cuanto había aprendido se tambaleó y lo siguió haciendo cada vez que visitaba a S.

Al fondo, la luz que entraba por los lucernarios volvía tenuemente devuelta por la pared que S. había decidido forrar de aluminio reflectante.

- ¿Qué le parece lo que hemos hecho, K.? – me sorprendió S. levantando su figura desde el fondo del espacio.

- Desde luego nadie lo llamaría acogedor.

- Y bien, ¿Cómo se siente?

- Honestamente, parece que me encuentre en el interior
de un sarcófago

S. asintió satisfecho.

- Forré todo mi antiguo estudio del mismo aluminio reflectante, la luz, como ocurre aquí, se pierde en sí misma en cientos de reflexiones, pero no llega a extinguirse, se diluye exhausta sin agarrarse a nada.

- Y deja un vacío.

- ¿eso cree?

- Desde luego no hay otra cosa que pueda ver.

- Pruebe entonces a no mirar, ¿siente ahora algo?

Cerré los ojos y los volví a abrir. Fue como entrar en una cueva sin ninguna referencia al exterior, aquí, pensé, el tiempo parecía pasar más lento. Me preguntaba por esa luz que se perdía, y en la sensación de calma que dejaba. Poco a poco fui entendiendo que el verdadero protagonista de este espacio que habíamos creado no era otro que el silencio, que se adueñaba del espacio como en mis construcciones lo hacía la luz. Sonreí.

- El silencio.

- El silencio, sí… - tras esa pausa y encendiendo una cerilla cuyo fogonazo se multiplicó por un instante en la pared del fondo, dijo – Gracias por todo K.

Pasó 5 años en la caja negra, recuerdo como su vista iba empeorando, al igual que su oído y su movilidad, Él dibujó sus últimos proyectos aquí, yo le hablaba de los míos y me lamentaba de lo que costaba tirarlos para adelante, del poco tiempo que tenía para todo…

- ¿Entonces ya lo ha empezado a notar, verdad K.?

- ¿El que?

- Que los días se van, que son indistinguibles como una niebla densa… lunes, martes, marzo, abril, 197071, Skänor, Lund…. El tiempo no es lo que usted piensa K. es mucho más caprichoso. Los sentidos parece que lo atrapen, pero no son más que espejismos.

Raramente teníamos conversaciones así. Sabía que a S. le costaba cada vez más dibujar, prefería pasar el tiempo rodeado de sus inmensos libros de arquitectura. Por las noches la caja se iba llenando de humo y whisky. El aluminio, que era de color plata por la mañana, se transformaba en gris plomo al caer la tarde hasta que el resplandor de una cerilla, o un flexo centelleaban en la pared y por un momento todo parecía hinchado de vida de nuevo. S. continuó hablando.

- Mis estudios, mi mesa de trabajo, siempre han sido un refugio, un lugar aislado. La luz, el ruido, todo entraba en ellos de forma amortiguada. Ahora todos estos lugares de trabajo han emigrado aquí dentro – Dijo señalándose la cabeza calva con el dedo y dándose unos sonoros golpecitos – Apenas oigo, y las cataratas lo nublan todo, no percibo más que algunos destellos. Todo se ha vuelto una niebla gris – dijo repitiendo la misma frase para sí mismo – una niebla gris… Usted,
la conversación, la luz, todo está inmerso en una misma espesura. Es entonces cuando me sorprendo pensando en mi niñez, o en ese cementerio que hicimos con A., o en mi mujer. Me sorprendo tirando el tiempo atrás…

No me salía ninguna palabra.

- ¿No es eso también la arquitectura K? ¿Recordarnos que el tiempo no siempre discurre hacia adelante? ¿Qué las mejores veces se detiene y otras puede incluso girar atrás?

Mientras hablaba miraba como una hiedra había salido entre las tablas del suelo y como ésta trepaba por los cables del flexo hasta buscar la luz del lucernario. Sin duda S. la había ayudado con paciencia a llegar hasta allí…

Atesoro esas y muchas otras conversaciones como un gran regalo, como un aprendizaje tardío cuando uno ya no lo espera. Le echo profundamente de menos.

S. Murió al quinto año de su estancia en Lund. Su tumba es prácticamente invisible, es sólo un signo, un pequeño guijarro blanco que asoma entre la hierba en un último y discreto destello.

La caja negra estuvo intacta unos años hasta que mi hija me pidió trasladar allí su academia de baile, al comienzo me negué, en un vano esfuerzo por retenerlo. Pero entendí que nada podía hacer, que la vida estaba dispuesta a abrir las puertas del sarcófago y a barrer el polvo del tiempo.

La caja necesitaba ampliarse, tuvimos que derribar la pared ciega que se cerraba al patio y en su lugar coloqué una pared de vidrio sin carpintería. En el interior retiramos el forro de aluminio y pintamos las maderas en blanco.

Cuando iba a visitar a mi hija solía ir antes de que acabara su clase y salía al patio de la casa a ver a los chiquillos hacer sus pasos de baile a través del ventanal. La luz había vuelto a entrar en la caja. Era tan blanca y había tanta vida en ella que había conseguido velar todos los recuerdos, como cuando alguien abre al sol una cámara fotográfica con el carrete aún puesto.

Me quedé pensando en esa imagen, en esa cámara velada por exceso de luz.

Fue en ese momento cuando entendí que la caja negra era en realidad una cámara oscura (2), precursora de la fotografía, y que sus partes: su oscuridad, la pequeña entrada de luz y su película de plata reflectante al fondo del espacio, la relacionaban perfectamente con las primeras cámaras fotográficas. Quizás S. en sus estudios quiso crear un mecanismo donde poder plasmar lo que veía,
donde poder detener el tiempo con un silencioso y eterno clic.

Oigo ya las risas infantiles, la clase ha acabado.


Referencias:


(1) Este texto es una completa ficción basada en los últimos 5 años de vida del arquitecto Sigurd Lewerenz en Lund, donde su compañero, el también arquitecto Klas Anshelm le acogió.
(2) La idea de la cámara obscura está extraída de la tesis de “Cartografías del espacio oculto” de Tomás García García y de otro texto coincidente del arquitecto Andrés Martínez titulado:
Bajo el barco de Lewerentz, 2014. http://www.archive.andresmartinez.es/index.php?id=9&l=1&ini=0&fin=&filtrado=66

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