MENOS VISITAS GUIADAS

Diego Pérez García, Concepción



“¿Por qué la escritura hace que sigamos la pista del escritor?
¿Por qué no podemos dejarle en paz?
¿Por qué no nos basta con los libros?”
(1)

Parece imprescindible obsesionarse con el autor. Leer cada detalle de su vida, hasta el último aliento. Buscamos la historia del escritor, la biografía del artista, la vida del músico, la leyenda detrás de la banda de rock o el periplo del arquitecto. Parece que la obra no es suficiente y husmeamos a fondo el drama de místicos maestros. En este interés desmedido hay una trágica fascinación por el sujeto detrás del objeto.

Justo en este estado de cosas, encuentro la fotografía del hallazgo de la estatua y veo ese instante en que el objeto es contemplado sin mediaciones. Un primer encuentro, irrepetible, directo con la obra de arte. Por un momento el objeto no es defendido ni presentado. No hay introducciones de expertos, ni estudiosos que la desmiembren en conferencias. Todavía no se divulgan comentarios eruditos o teorías sobre los motivos de su creación en certificadas publicaciones. Nadie especula aún acerca de las ingenuas o nobles intenciones del autor. En nuestros atiborrados archivos a menudo abundan estas interpretaciones a las que tanto se opone Sontag cuando insiste en que importa más “qué es lo que es” y no tanto “qué significa”.(2)
Demasiada atención por el autor termina por nublar la visión sobre su obra y el objeto desaparece distorsionado bajo una interpretación ajena basada, muchas veces, en un sujeto idolatrado. Así, fascinados por la figura del arquitecto, vamos abandonando la obra de arquitectura y cuando, finalmente, nos encontramos en ella ya no podemos pensarla, olvidamos vivirla. Dejamos de lado nuestra percepción y experiencia impidiendo que el objeto se represente a sí mismo.

A pesar de esto, seguimos buscando insistentemente al artista. Ya sean grandes maestros, genios del renacimiento, pioneros modernos o estrellas contemporáneas, la cuestión se repite. A ratos parece importar más los detalles de sus vidas, sus amantes, sus viajes o sus contactos con la alta sociedad. Conexiones que generan clientes, mecenas o consumidores según sea el caso. De esta manera, son muchos los que pasan de la biografía al mito, del mito a la leyenda y de ahí imposible volver.

Una y otra vez insistimos en que se deben tomar posturas individuales, radicales, lo más sobresalientes posible para llegar pronto a esa cara visible de la práctica contemporánea. Asegurarse un nombre (ojalá difícil de pronunciar) que rápidamente se convierta en marca registrada pues el tiempo es oro. Hay que publicar fotografías cautivadoras y enigmáticas, aumentar seguidores y likes en redes sociales para construir un relato seductor sobre vidas religiosamente consagradas al arte.

Quizás, en vez de esto, cabría preguntarse si no es mejor aprender a posicionarse y reconocer nuestro modesto lugar en la compleja matriz de producción del objeto arquitectónico. Cuando hablamos de postura se incentiva el sujeto, la persona detrás de la idea, insistiendo en la importancia el autor estrella. Pizca de razón tendrá el lenguaje coloquial cuando se refiere al “postureo” de algunos. Asumir una posición en cambio, aboga por el objeto, admitiendo que este se construye a través de un proceso donde diversos sujetos van actuando en determinados lugares y momentos. Nuestro trabajo es un eslabón más o menos importante aún, pero eslabón al fin y al cabo. No olvidar que toda obra de arquitectura (buena o mediocre) siempre depende, desde su concepción, de múltiples agentes externos: economía, legislación, sociedad, materiales, ideas, estructuras, tiempos, usos, ingenio, oportunidades y, en último término, de quienes la habitan.

De persistir en este modelo, probablemente seguiremos vendiendo unas pocas arquitecturas de autor, olvidando que la gran mayoría vive en arquitectura anónima. Hace ya más de medio siglo, Rudofsky se refiere a esta cuestión observando que la historia ortodoxa de la arquitectura pone el énfasis en el trabajo individual del arquitecto a pesar de que este se encuentra habitualmente dedicado más a sus negocios y al logro de prestigio (3), que a otra cosa. Un pequeño ensayo y una colección de imágenes le han bastado a Bernard para poner la piedra en el zapato y reconocer el valor de aquella arquitectura sin arquitectos o arquitectura vernácula. Un inventario de innumerables construcciones de arquitectura anónima que quizás debamos llamar simplemente arquitectura, a secas y sin apellidos.

Pero que no se malentienda, no se trata de hacer desaparecer al artista o negar el autor. Eso es imposible, pues toda buena obra tiene una autoría, individual o colectiva, aunque a veces nos sea desconocida. No obstante, un autor no siempre concibe obras de excelencia y cada objeto debe ser percibido en su real dimensión. Tampoco deberíamos pasar por alto que desde siempre existe arquitectura ejemplar más acá de las publicaciones de turno.

La cuestión es más bien un ajuste de foco, que el autor no distorsione la experiencia de la obra. Tal como recomienda Sontag, “importa recuperar nuestros sentidos” (4) . En palabras simples, aprender a ver y experimentar cualquier objeto en su justa medida. Dejar de seguir autores y, como en la fotografía de Antinoo, permitirse descubrir y apreciar obras que guardan el arte para las generaciones futuras. De esta manera, ojalá que en arquitectura vivamos más experiencias genuinas, memorables y menos visitas guiadas.



Referencias:


(1) Barnes, Julian. El Loro de Flaubert. Anagrama, Barcelona ,1994.
(2) Sontag, Susan. Contra la interpretación y otros ensayos. Seix Barral, Barcelona, 1984
(3)Rudofsky, Bernard. Architecture without architects. The Museum of Modern Art, New York, 1964.
(4)Sontag, Susan. op. cit.

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