UNA RESPIRACION QUE EMERGE DESDE LA TIERRA

Luis Martínez Santa-María, Madrid


Cabeza de un joven. Arcilla. 200 AC. Ashmolean Museum. Oxford.
Publicado en: PENNY, Nicholas. The materials of sculpture. Yale University Press. New Haven, 1993

Pasando desde la inmutabilidad de la piedra a la inmensidad de la vida, y en comparación con las representaciones anteriores de Egipto o Mesopotamia, aparece en la estatuaria clásica el “hombre por fin”, liberado de un destino impuesto. La cordialidad y la apertura hacia el rostro y el cuerpo son señales de ese gran despertar. No el temor, no la oscuridad, no el prejuicio, no la agonía. Ya no hay fatalidades orientales. Aparece la confianza en la vida. El destino del hombre es el hombre. No hay interpretaciones subterráneas. El cuerpo y el rostro muestran por primera vez que los dioses son hombres y que los hombres son dioses. Y exponen que ese lugar del que forman parte supone un origen exaltante, un acontecimiento irrepetible. Tal y como supo apreciar Aristófanes, con palabras bellísimas, estas figuras captan la respiración que emerge desde la tierra. Y no solo eso. Cuántas veces lo hacen mediante una leve sonrisa, con el más humano y delicado de los gestos, mediante una simpatía esencial anticipo de toda inteligencia.

Persona en griego se dice átomo. Y átomo, me asegura con cierto orgullo el taxista griego que me lleva al aeropuerto, es lo que no se puede dividir más, lo que es indivisible. El mundo es divisible pero la persona es indivisible. Cada persona supone por tanto una unidad de medida, un límite dimensional al universo; lo que significa que más allá de la persona ningún relato se explica de forma convincente. Tal vez por esta razón en la antigüedad clásica hay personas en la cara superior de los platos y en la cara inferior de los platos, en los contornos curvados de los vasos y de las ánforas, en los tímpanos de los templos, en los frentes de los sarcófagos y en las empuñaduras de las espadas. Figuras humanas que no son reales, sino más que reales, se encuentran en los pequeños objetos y en los objetos grandiosos. Todo tiene una persona dentro y tiene un dios dentro. La cultura, la cálida representación humana que confía en la vida, el caballo, la paloma, la mujer embarazada, la mujer muerta, el guerrero, el león, el niño que juega con un aro, el auriga, el adolescente que se ha clavado una espina en el pie… Todo lo que es verdaderamente nuestro, indivisible, irreductible, consciente, articulado, apareció por primera vez en la semiótica corporal del mundo helénico entre las aguas del mar Mediterráneo.

Y me di cuenta de que los más admirables resultados arquitectónicos no podían sino acoger la amabilidad de este antropomorfismo y de que toda la arquitectura clásica, así como toda aquella que vendría después, tuvo que surgir bajo la dulce luz de este enigma antropológico. El rostro y el cuerpo, en medio de una naturaleza comprensiva, fueron el epifenómeno de lo que podríamos llamar nuestra arquitectura. Por medio de ellos el mundo clásico supo introducir el halo de un presente perdurable y condensó para siempre no una verdad estricta o inteligente sino una verdad dialéctica, que sería abierta e inagotable; una verdad dispuesta a ofrecerse bajo muy distintas circunstancias a través de asombrosas mutaciones y metamorfosis de sí misma.

Aristóteles advierte a sus contemporáneos que las figuras del pintor Polignoto y los caracteres de Homero “son mejores que nosotros mismos” (1) . Sin duda que lo fueron. Lo tuvieron que ser porque supieron referirse a un tiempo que quería ir más allá de las limitaciones impuestas por cualquier tiempo concreto y porque no tanto aludieron a las circunstancias que los limitaban, sino al espíritu del lugar que ellos quisieron recibir y regalar (2) . Algo que se hace ostensible tanto en la pintura como en la escultura arquitectónica, tanto en la arquitectura escultórica como en la literatura. Así, en ese gran poema épico de la antigüedad clásica que es La Odisea, el aplazamiento se encuentra en el corazón mismo de la narración (3). Los personajes no tanto mantienen diálogos entre sí, sino que entonan, casi esculpen, discursos. Es como si se sintiesen escuchados por el cielo y por la tierra, por el verano y por el invierno, por la guerra y por la paz, por el día y por la noche, por la abundancia y por la escasez, por el pasado y por el porvenir (4). Es como si deseasen ser escuchados por seres más claros y mejores que ellos mismos. No hablan solo al otro. No responden solo a quienes, por lo cierto, les preguntan. No responden a las circunstancias con exactitud. Sino que su discurso se expande, con un sutil afecto trascendente, en medio de un torbellino transpersonal (5) , apuntando hacia lo alto y a lo lejos.


Postrado (detalle). Yeso. 1915. Stiftung Wilhelm Lehmbruck Museum. Duisburgo.
Publicado en: ¿Olvidar a Rodin? Escultura en París 1905-1914. Musée d’Orsay, París, 2009.



Referencias:


(1) Aristóteles. Poética. Citado en Arnold Hauser. Historia social de la literatura y el arte. Editorial Guadarrama, Madrid, 1978.
(2) Carson, Anne. Hombres en sus horas libres. Editorial Pre-textos, Madrid, 2007.
(3) Köhler, Andrea. El tiempo regalado. Libros del asteroide. Barcelona, 2018.
(4) Colli, Giorgio. El nacimiento de la filosofía. Editorial Planeta, Barcelona, 2021.
(5) Sloterdijk, Peter. El imperativo estético. Akal Editores, Madrid, 2020.

---------------------------------índice-----------------------------