Antonio Jiménez Torrecillas

José Lucena, Granada.

Hace apenas 10 días que nuestro amigo Antonio nos dejó. A la misma hora que tantas veces se exprimía sobre su querida bicicleta camino del llano cruzó extenuado la línea de meta de su vida.
Poco puedo decir que no se haya dicho o escrito en los últimos 10 días sobre él. Cuando algo es tan auténtico, por mucho que intentes analizarlo desde diferentes puntos de vista, descubres que el resultado es el mismo.
A diario nos llegaban a todos, esos enlaces que al abrirse mostraban bellísimos retratos de una misma persona vista desde diferentes perspectivas. Esos retratos son las improntas que Antonio ha ido dejando en cada uno a lo largo de su intensa carrera. Y es que quién se cruzaba en la vida con él no podía evitar volver la cabeza para seguirle con la mirada. Muchos tuvimos la suerte de correr en la vida a su lado, unos más cerca, otros más lejos pero formando todos parte de ese pelotón que él fácilmente iba aglutinando y que crecía allá por donde pasara.

En la carrera de la vida unos son figuras y otros gregarios, pero sólo unos pocos, los súper clase, pueden hacer de figuras y de gregarios según les plazca. Antonio era uno de ellos. Tan pronto estaba impartiendo lecciones en una seminario en Tokio como recibiéndolas de un pastor que se cruzaba en un paseo por el monte. Siempre era capaz de extraer lo mejor de cada lugar, de cada situación, de cada persona y lo guardaba en su interior. Allí, todas esas bondades maduraban y se entrelazaban para luego salir de él sutilmente en forma de regalo para los que le rodeaban.

Los grandes maestros no necesitan dar lecciones para enseñar, de ellos se aprende sólo con estar a su lado. Y Antonio fue un gran maestro, para muchos de sus colegas el maestro de la luz, y para muchos de nosotros el maestro de la vida. Decía que la fuerte luz de nuestra tierra había que administrarla, que dosificarla para así disfrutar de ella. Y eso era lo que precisamente él hacía con la vida, era como una celosía que iba tamizando las experiencias que le iban llegando y los que teníamos la suerte de refugiarnos de vez en cuando tras esa celosía recibíamos una luz mucho más cálida. Y eso lo realizaba con tal naturalidad que hacía que pareciera algo exclusivamente innato, cuando en realidad en muchos casos era un ejercicio constante, consciente y disciplinado. Tardé tiempo en darme cuenta que eso era así, pero entonces entendí el gran mérito que tenía. El, al igual que todos los grandes maestros, era el resultado de una suma de talento y trabajo.

Tristemente, a nuestro súper clase le tocó en los últimos años subir un puerto tremendamente largo y duro. Estoy seguro que muchos de nosotros habríamos echado el pie a tierra en las primeras rampas. El lo subió hasta el final, lo consiguió porque era un privilegiado física y mentalmente. Lo consiguió porque estaba rodeado de un equipo excepcional.

Su esposa Eva, haciendo siempre gala de una fortaleza única. Sus hermanas Belén, Cova y Pilar, que lo arropaban y cuidaban en todo momento. Y las siempre atentas Maribel, Raquel y Clara.
También lo consiguió porque en el horizonte siempre tenía sus dos maravillosas hijas, Evita y Elena, que estoy seguro irán tomando consciencia de la grandeza de su padre con todos los testimonios que irán recibiendo a lo largo de sus vidas.

Y lo consiguió por que por fuera quedaba, arropándole, el resto de ese gran pelotón formado por compañeros de trabajo, alumnos, maestros, familiares e incontables amigos que el había ido aglutinando por la vida.

Recuerdo que a veces me confesaba tremendamente emocionado con lágrimas en los ojos, lo sorprendido que estaba de las infinitas e inesperadas muestras de cariño que estaba recibiendo. Posiblemente el repartía ya con tanta naturalidad que ni siquiera era consciente de que daba mucho y a mucha gente.

Muchos de nosotros tuvimos la desgracia de ver cómo la enfermedad le fue dando un golpe tras otro, pero también tuvimos el privilegio de ver cómo él se levantó una y otra vez.

Es cierto que Antonio se apeó de su bicicleta hace 10 días, pero lo hizo para subirse en la de cada uno de los que formábamos ese enorme pelotón que le acompañaba. Y aunque ahora nos pesa mucho su recuerdo, pronto comprobaremos que cuando nos toque subir los duros puertos de la vida, su figura estará ayudándonos en nuestro pedaleo con esa alegría que siempre le caracterizó. Y todas esas anécdotas que todos atesoramos de él irán endulzando nuestra existencia.

Recuerdo el día que le trasladaron de la UCI de Almería a la de Granada.
Pilar me avisó y me acerqué a esperar su llegada por si necesitaban algo.
Cuando lo vi, me quedé impresionado. Llevaba dos semanas luchando contra la muerte y llegaba consumido. Yo me temía que además de las secuelas físicas tal deterioro le hubiera afectado también a la cabeza. Pero ¡qué va!: nada más llegar a la UCI del clínico empezó a balbucear algo. Apenas se le entendía, porque estaba sedado, pero decía algo de unas cortinas. Pilar y yo le preguntamos si quería que las abriéramos y nos dijo: “que no, que digo que esas cortinas sí que son bonitas y no las que había en Almería. Las de Almería eran mu feas, éstas, éstas,...¡Corre, coge mi móvil y le mandas una foto a Miguel Angel para que sepan lo que hay que poner en la clínica dental que estamos haciendo!”

¡Qué grande era!

Antonio nos enseñó que la luz perfecta es la luz verdadera, la propia de cada lugar. Y sobre todo nos enseñó que la vida perfecta es la vida verdadera: la que te toca vivir en cada momento.
Gracias Antonio por ser maestro de la luz y sobre todo por ser maestro de la vida.

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