De viaje

Manu Barba, Granada.



Observo un segundo los colores y las formas suaves de aquella hipnótica y llamativa portada y dejo el estuche a un lado mientras introduzco el CD en el reproductor. Primera canción: de Viaje. Tras el frágil segundo de carga, un chirrido y un trueno en el que se desata la tormenta de guitarras envolviéndolo todo, más que en ritmo, en movimiento. Es entonces cuando me pregunto si aquel trueno grabado en los noventa, por aquel grupo que según tengo entendido tanto le gustaba a Antonio, fue la chispa, el empujón original. A lo mejor aquel relato interestelar puesto en la voz de Jota fue parte del motor de arranque para viajar en busca de sí mismo y concentrar todo aquello en la publicación que tenía entre manos. Aquella inclasificable tesis llamada “Vuelta de viaje”.

Más allá de sus evidentes transgresiones de formato, medida y tono, que supongo darían en su día a ejércitos de vetustos y polvorientos catedráticos más de un quebradero de cabeza, ese texto desde la introducción es ya un pequeño bocado, un aperitivo de lo que Antonio entendía por ser, en lo que evidentemente va incluida su arquitectura. La fantástica singularidad que posee el verbo ser le proporciona infinitas acepciones según el portador del mismo, según la corriente a la que su pensamiento se atenga, pero es indudable que esta concepción del ser sea cual sea, se extiende más allá de cotas temporales limitadas (o incluso cotas lingüísticas). El autor, que en este relato admite a todo aquel que lo lee como acompañante, como un alumno más de aquellos que iban a su vera por la vega de Granada, le quita a la arquitectura y a su ser uno de sus componentes principales con la maestría suficiente para permitir que ésta siga en equilibrio: El tiempo.

El tiempo que existe a lo largo de las fotografías de vuelta de viaje, se entiende como un ente estático, desligado, como él mismo dice, del pasado y del futuro, resistente a las circunstancias a través de las arquitecturas y las personas que habitan diferentes sitios del mundo. Bajo la superficie vernácula subyace la identidad de estos seres humanos, unitaria, que al ser trasladada a su arquitectura, los mantiene reconocibles como una personificación unitaria incluso sin habitar los mismos cuerpos. La ventaja indudable de que no exista el tiempo es la rotura de su ligazón con el espacio, y por tanto la fantástica posibilidad de viajar hacia dos destinos a la vez: fuera y dentro, reconociendo la identidad propia en el establecimiento de las relaciones con la ajena. Por tanto, lo importante del viaje no es llegar, sino regresar, entendiendo esto como realizar el ejercicio de asimilación de lo visto y vivido para incorporarlo a la continuidad del ser.

Del dicho al hecho hay un trecho se dice, porque muchas veces las ideas plasmadas no son garantía necesaria de asimilación. Sin embargo, esa identidad osmotizada de Antonio tras el viaje tiene una demostración perfectamente legible en lo alto de la colina del Sacromonte, coronando San Miguel Alto. Un proyecto que podía haber caído en lo fácil, como hicieron muchos previamente, justificando un proyecto en la Alhambra, vilipendiada como excusa y aplastada por todas las interpretaciones que como arquitectos hemos querido darle, o en la herencia nazarí omnipresente en el barrio. Sin embargo Antonio subió a un podio aún más alto que la Alhambra la arquitectura granadina sin tiempo, la que había estado ahí, pero callada, abajo y al fondo, haciendo del secadero un monumento sin tiempo al traducir el lenguaje de la vega. Puede que bajo puntos de vista más o menos subjetivos esta obra tenga diferentes valoraciones, pero para mí es un icono, una provocación y uno de mis ejercicios favoritos de búsqueda de la identidad propia de un lugar (y casi diría de una persona).

Pocos días antes de emprender mi propio viaje (entiéndase, un gran viaje), leí algo al borde del camino del Avellano, en las orillas de la Alhambra. Una maltratada placa que acabó revelándose casi premonitoria reproducía las palabras de un gran viajero, H.D. Thoreau:
“Nuestras expediciones consisten solo en dar una vuelta, y al atardecer, volvemos otra vez al lugar familiar del que salimos, dónde tenemos el corazón. La mitad del camino no es otra cosa que desandar lo andado. Tal vez, tendríamos que prolongar el más breve de los paseos con un imperecedero espíritu de aventura, para no volver nunca, dispuestos a que sólo regresasen nuestros corazones embalsamados. Si te sientes dispuesto a abandonar padre y madre, hermano y hermana, esposa, hijo y amigos y a no volver a verlos nunca; si has pagado tus deudas, hecho testamento, puesto en orden todos tus asuntos eres un hombre libre; si es así, estás listo para una caminata”

Estas palabras de “El arte de caminar”, estaban presentes en mi cabeza al pasar cada una de las páginas de la tesis, en la que pese a ser un recorrido cíclico, incorpora el “espíritu de aventura” , haciendo del viaje el hogar en sí y del deambular y observar la más prestigiosa de las formaciones académicas. Estas palabras de Thoreau, me acompañaron de forma ineludible todo el tiempo que duró aquella vuelta, en cuyo ecuador me encontraba cuando Antonio se fue.

Todas las despedidas son parciales, hasta en las de los viajes sin vuelta. Siempre se dice que queda algo, un número indeterminado de ingredientes de nuestra receta personal, pero permitidme que crea que siempre queda incluso más. Cualquier obra, cualquier experiencia narrada por un conocido, cualquier hecho por insignificante que sea se convierte en parte de esa colectividad infinita, y se transforma en un pequeño encuentro aditivo con aquellos que ya no están, o incluso con aquellos que nunca hemos estado. Y vuelta de viaje, esa extraña tesis, es en toda la medida del verbo, un regalo sin tiempo, unas más de las miles de horas de docencia en la vieja sede de la escuela de Granada. Horas sin fecha ni horario concretos, encerradas en las páginas de un manifiesto de normalidad, que ante las circunstancias se ha presentado ante nosotros como una vía más que necesaria en la concepción de la arquitectura contemporánea. Una publicación para que todos aquellos que no tuvimos la suerte de poder asistir con regularidad a sus cursos, o que solo pudimos cruzar algunas palabras breves o tal vez menos, podamos tener un encuentro informal, un paseo en bicicleta, una canción de Los Planetas, o una cerveza más con Antonio Jiménez Torrecillas.

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