La aplicación de lo cotidiano

Pedro Puertas Herrera, Granada.

“Mis inicios están marcados por la fascinación con mi entorno más próximo, por el mundo de lo ordinario más que el de lo extraordinario. Pienso que la sabiduría de la arquitectura popular de Andalucía ha sido el descubrimiento que más me ha forjado como arquitecto. Entendí el valor de la herencia, la evolución y la transmisión; entendí que el verdadero valor no está tanto en lo que generosamente hemos heredado, como en aquello que generosamente debemos aportar. Porque, quizás, lo que más nos haga cambiar como arquitectos es encontrar lo novedoso en el mismo mundo nuestro de siempre. “

El trabajo de lo cotidiano se convirtió en los proyectos de Antonio en una aplicación real. Su evolución le llevó a transformar la abstracción de la forma que compartía el mismo ancho, largo y alto en una maraña de situaciones traídas de sus experiencias vividas recubriendo sus trabajos de una pátina que sólo el tiempo, la experiencia da. Sus proyectos añadieron cada vez más complejidad y una poesía real que fue quitando protagsnimo a un lenguaje abstracto y accesible sólo al mundo de los arquitectos. Antonio rompió el cubo con la vida.

Sus dos últimas obras (por lo que yo sé) fueron la Estación para el Metro de Granada en el Alcázar Genil y una casa en Rota, Cádiz, en una de esas parcelas donde habitaron antiguos militares americanos destinados en la base aérea. Parcelas que conformaron una “urbanización de chales” de los años 70 entre pinares y en donde las vidas de cada vecino rehuían de una posible intimidad al ver la poca altura de los muros que delimitaban las parcelas. Casas que formaron un sistema suburbano a la andaluza.



Y ese toque “ a la andaluza” es real y palpable en cada una de las fachadas de las casitas de esa zona. Fachadas hechas con mortero donde su ejecutor o ejecutores recrearon un mapa de cantos rodados que al final pintaban de blanco y que le dio carácter a ese barrio por medio de una suerte de almohadillado popular sacado de la mera improvisación de un albañil. Tal fue la simpatía que le debió provocar a Antonio esa textura que no sólo decidió repetirla, sino que provocó el indulto de la casa primigenia para construir, la nueva, a partir de ella, dejando una pista mayor de su amor a lo inesperado apoyando el corazón de la casa, la cocina, en lo que fue uno de los muros de aquella otra casa.



Entre pinos vivieron aquellos americanos, pinos atlánticos de troncos altos y torcidos quizás por el levante y que terminaban en una copa espesa de intensos verdes. Pinos que saltaban de parcela en parcela marcando lo que con anterioridad fue un bosque y entre cuyos claros aquellos americanos encontraron cobijo. Esta historia vegetal testigo de lo cotidiano no podía desparecer y así lo entendió Antonio.



El trabajo para mantener con vida dichos árboles, dicha memoria vegetal le asemeja a otro trabajo nacido de querer entender el tiempo, la arqueología. La búsqueda y el mimo hacia las raíces de cada uno de estos testigos de aquella vida lúdica que primero tuvo su acción en el supuesto bosque y más tarde en la vida al exterior de aquellos americanos le hizo a Antonio establecerlos como necesarios para una tercera vida que era la de los nuevos ocupantes de aquella nueva casa. Estableciendo una casa en vertical que se acercara poco a poco a aquella copa de verdes intensos



La historia cotidiana, la improvisación de la vida fue para mi la fresca mirada de Antonio con la que combatió y destruyó al aburrido y viejo cubo perfecto de sus inicios.






Todas las imágenes son de César Gómez Vida.

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