La estofa y el muro

François Guynot de Boismenu, Paris.




Convict13 (1920) - Edward F. Cline, Buster Keaton


Cada año en Uruguay la noche del 24 de agosto se festeja la nostalgia, esa noche se organizan múltiples fiestas donde se baila al son de músicas ya pasadas de moda. Para mí más que nostálgicas, siempre fueron noches de depresión profunda, todo depende de su propia época referente. A mí me traen viejos recuerdos de amores, música y dictadura.
Pero fuera de esa noche, me parece interesante que la nostalgia sea asociada al festejo. Y no solo al dolor, a recuerdos obsesivos, ataques de llanto, miedos, taquicardias, insomnios, o como en su forma patológica: la melancolía.
El entredicho viene de su origen griego, la palabra está compuesta por nostos, que quiere decir regreso y de algos que significa dolor.

Aquí surgen estas preguntas, ¿la nostalgia es solo el dolor del regreso? o ¿hay otras cosas para encontrar en el camino de regreso?

La nostalgia es un sentimiento complejo que implica la renuncia del presente y la idealización de un pasado. No hay mejor remedio a la nostalgia que lanzarla, dirigirla hacia adelante, a distancia, proyectarla. Los soportes no faltan, pueden ser una cadena de televisión, una radio, una tienda de ropa, un lienzo, una canción, una nueva palabra, un muro y hasta una magdalena.

Hasta mediados del siglo 20 en arquitectura sólo había dos remedios a este problema. La nostalgia arqueológica de John Ruskin, que proponía conservar sin restaurar. O la nostalgia racionalista de Viollet Le Duc, que proponía conservar reconstruyendo.

En los años 60 y 70, se hacen por primera vez nuevas interpretaciones de la nostalgia, asociándola especialmente con hechos positivos.
Esta nueva visión da origen a la carta de Venecia, la Teoría de la restauración de Cesare Brandi y la famosa «noche de la nostalgia» en Uruguay.

Lo que se encuentra en el camino de regreso, generalmente está incompleto, en lo que concierne la arquitectura, le faltan bloques de materia/tiempo.
Ante este problema la carta de Venecia da tres consejos para bien restaurar:
«Debe detenerse allí donde comienzan las hipótesis»;
«Debe distinguirse del conjunto» y «Deberá llevar el sello de nuestra época».

El problema de toda restauración reside en como rellenar lo que falta. Por otro lado no siempre es necesario el relleno y cuando realmente lo es, se debe reconciliar lo irreconciliable, el ser visible e invisible al mismo tiempo.

La restauración de un muro, por ejemplo, pude ser ordenada y clásica o de lo contrario hacerse de manera dinámica y contemporánea.

La primera restauración se hace distinguiendo diferentes planos sucesivos, la superposición se organiza en un fondo, uno o varios planos intermedios y el frente. Al final se distinguen claramente la figura y el fondo. Lo existente es figura y la restauración será fondo. No hay ningún tipo de ambigüedad, cada plano es soporte de signos de clasificación bien diferenciados.

La segunda restauración se hace incluyendo un distanciamiento en el interior, una cantidad de vacíos que organizan la nueva materia. De lejos solo vemos una continuidad aparente. Si nos acercamos distinguiremos claramente el original a la parte agregada, esta última aparece estriada o simplemente rayada. Este rayado hace imposible una lectura clásica, a cierta distancia el fondo y la figura aparecen fundidos en un solo plano.

Este tipo de restauración nos impone «entrar» en su interior para comprender.

Hay dos ejemplos claros en España que ilustran estos dos tipos de restauración:
La intervención en el Castillo de Matrera en Cádiz (Carquero arquitectura), estructura la restauración por planos;
La restitución de la muralla Nazarí en Granada (Antonio Jiménez Torrecillas), propone una restauración fragmentada y cambiante.

Estos dos muros me recuerdan una vieja y curiosa historia de trapos. Por los finales de los años 1200, el papa Bonifacio VIII acto la prohibición absoluta al uso de ropa a rayas. Tales prendas son reservadas a todos aquellos que se sitúan fuera del orden social. En todas partes, se impone este signo visual que marca una diferencia, así los que practican oficios poco recomendables no son confundidos con los «honestos» ciudadanos. En la edad media las rayas transgreden el orden cromático, el orden visual y el código vestimentario.
La visión de los hombres de la edad media, prestaba especial atención a la materialidad y la estructura de las superficies. Esta estructura le sirve para identificar, distinguir, establecer ritmos, secuencias, asociar, clasificar y priorizar. Que se trate de muros, suelos, telas, instrumentos de la vida diaria y del mismo cuerpo humano; toda superficie es siempre soporte de signos de clasificación.

En las sociedades contemporáneas, dos tipos de rayas coexisten, las negativas (la ropa de los prisioneros, de los bajos fondos, lugares peligrosos y las de juego) y las positivas (el deporte, la salud, la playa y el mar) pero nunca son neutras. Hoy las rayas también son bien educadas, «chic», simpáticas e incluso alegres y divertidas.

Yo no conocí personalmente a Antonio Jiménez Torrecillas y nunca fui a Granada. O mejor dicho nunca fui a «su» Granada, arraigada entre campos y montañas.

Su traje de arquitecto está lejos de ser oscuro, liso o inquisitorio. Con su contemporáneo rayado, el está más cerca de las juveniles e irreverentes rayas de Buster Keaton.

Sin nostalgia algún día regresare por los caminos de Granada, por montañas y campos, para buscar la penumbra protectora en la muralla Nazarí.

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