Laudatio

Alberto Campo Baeza, Madrid.



LAUDATIO

Not marble, nor the gilded monuments / Of princes, should outlive this powerful rhymes

Ni los mármoles, ni los dorados monumentos de los príncipes, sobrevivirán a este poderoso poema.

Así comienza el soneto LV (55) de William Shakespeare que termina con un

So, till the judgement, that yourself arise / you live in this, and dwell in lover’s eyes.

Entonces, hasta que llegue el día del juicio, tú vivirás en este poema y permanecerás en los ojos de quien te ama.

Este maravilloso y horaciano soneto parecería estar escrito por Shakespeare para alguien que, como Antonio Jiménez Torrecillas, dedicó su vida a la poesía, a la poesía de la Arquitectura.

No recuerdo cuando conocí a Antonio pero es imborrable el cuánto me impresionó. Porque Antonio era de esas personas que cautivaban inmediatamente. Desde su sonrisa eterna, desde un mirarte de frente que te inundaba.

Escribí, hace ya tiempo, con ocasión de su maravilloso Centro José Guerrero, que Antonio Jiménez Torrecillas había proyectado y construido “un trozo de cielo en el cielo de donde nunca querremos ya marcharnos”. Y es que, él mismo era un cielo.

Intento encontrar palabras para expresar cuánto me alegra ver que hoy sigue estando entre nosotros, en el corazón de todos nosotros. Antonio era no sólo un pedazo de arquitecto sino que, sobre todo, era una persona excepcional. Siempre alegre, siempre positivo, siempre optimista. Cuando yo era pequeño, mi madre me llamaba “corazón con patas”. Antonio sí que era de verdad un “corazón con patas”. Tuve la suerte de verle varias veces en Madrid en sus diversas estancias. Cuando le preguntabas por sus cosas él siempre respondía preguntándote por las tuyas. Siempre pensando en los demás con una generosidad extrema.

Antonio era maravilloso y yo le tenía un cariño y una admiración enormes. Aún resuenan en mis oídos, y en mi corazón, su voz poderosa y su risa sonora. Con Elena en sus brazos y con Evita y con Eva a su lado, era “un corazón con patas”.

No he conocido a un arquitecto más querido por los demás arquitectos. Hablas de Antonio y todos, todos, enseguida hablan maravillas de él. Porque era realmente maravilloso.

En este acto se le da su nombre a esta preciosa sala de esta estupenda y nueva Escuela de Arquitectura de Granada. Que es un modo de decir que, por sus obras, por su enseñanza y por sus escritos, Antonio Jiménez Torrecillas debía ser Catedrático de Proyectos de esta Escuela de Arquitectura de Granada. De hecho lo es, y de derecho, in pectore, en mi corazón, y en todos nuestros corazones.

Y si empezamos con Shakespeare, me gustaría terminar con Cervantes. En el capítulo VIII de la segunda parte del Quijote, Cervantes hace un canto a la humildad que creo que viene aquí que ni pintado para elogiar la profunda humildad que caracterizaba a Antonio Jiménez Torrecillas.

“Todas estas y otras grandes y diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama, que los mortales desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen”, “nuestras obras no han de salir del límite que nos tiene puesto la religión cristiana que profesamos. Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la generosidad; a la ira , en la quietud del ánimo; a la gula en el poco comer; a la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas partes del mundo. Ves aquí, Sancho, los medios por donde se alcanzan los extremos de alabanzas que consigo trae la buena fama.”

La buena, mejor fama que tiene desde siempre y para siempre Antonio Jiménez Torrecillas.



* Este texto fue leído en el acto de homenaje a Antonio Jiménez Torrecillas celebrado en la E.T.S.A.G. el 6 de Abril de 2016

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