Los espacios "entres"

Eric Rolán Díaz, A Coruña.



Hace dos años realicé un viaje a la ciudad de Los Ángeles con el único propósito de escaparme de ella dirección San Diego para descubrir los laboratorios del Salk Institute de Louis I. Kahn. Había leído lo indescriptible sobre ellos; su planteamiento, su construcción, su estructura, su distribución, su paisaje, su textura, sus sonidos y sus colores… Lo que me encontré fue algo mejor incluso de lo que había leído en todos los libros, revistas y ensayos; me encontré con la realidad. Esa vil compañera de viaje que tantas veces te quita y tan pocas te da. El corredor abalconado de mirada fugada al infinito Pacífico con sus centinelas de hormigón y madera te detienen en su entrada con su silencioso y pesado travertino y el fluido devenir de las aguas caprichosas del manantial. No recuerdo mejor sensación que estar tumbado en el calor de la piedra mientras la fresca brisa marina entraba en aquel tubo de Venturi y mi mano jugueteaba con la suavidad del agua templada del estanque en el que terminaba aquel riachuelo artificial. La mirada me la llevaba un cielo inerte donde el movimiento de la tierra lo percibía en aquellas maderas desgastadas cuyos huecos vidriados reflejaban un horizonte de azul cenizo más allá de toda tierra. Casi sostuve la tentación de entrar por aquellos huecos en penumbra entre pilares que me velaban un mundo interior magnífico por descubrir. Decía Tanizaki que la luz nos atrae por lo que nos muestra y las sombras por lo que nos ocultan. Y en verdad aquel espacio entre, aquel negativo del templo latino bañado por el sol y reflejado por las aguas del mar, cuanto más crecía en potencial más su émulo te atraía a los tersos pies umbríos de los titanes de hormigón puzolánicos. Cuánta tierra, cuanto mar y cuanto cielo, cuánto silencio y cuánto susurro. Esa sensación que te invade en los jardines de los atrios monásticos del Císter al recorrerlos al ritmo del silencio y el sonido, el sol y la sombra de la arcada. Seguramente al hablar de jardín nos venga a la mente árboles, flores, verde y amarillo, el trinar y el suelo de césped mullido, pero Barragán escribía que un jardín debe combinar lo poético y lo misterioso con una sensación de serenidad y de alegría. El atrio del Salk Institute es un jardín, un jardín de mármol con troncos grises a la sombra de las hojas de las nubes.

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