Mantener la distancia

Iñigo García Odiaga, San Sebastián.



Hay una distancia muy difícil de medir, no hay reglas, metros o cintas capaces de precisarla. Es una distancia que se intuye. Lo explica bien Federico Luppi en su papel de entrenador de boxeo, en la película La distancia. Allí es el espacio que separa a los dos púgiles. Cada uno de ellos debe medir ese espacio para tener la distancia justa, exacta, que le permita al mismo tiempo atacar y defenderse. Exagerarla o despreciarla es sinónimo de una derrota clara.
El arquitecto, debe también ser capaz de saber cuál es esa medida, es ahí, y no en otras cuestiones donde está contenido el secreto de la corrección. En función de esa distancia, que además depende de cada contexto, lugar o situación el arquitecto debe decidir dónde y cómo situarse. De esa precisión dependerá si uno es cortés, educado, respetuoso o si por el contrario es frío y distante.

Por mucho que algunos le tengan miedo, en la arquitectura de verdad, el papel nunca espera en blanco. Siempre hay vecinos con los que ser educado. El papel suele estar lleno de huellas y preexistencias.
El arranque desmochado de una antigua torre defensiva, un vacío entre los dos extremos descarnados de una vieja muralla, las paredes con mil vidas de un local comercial o incluso los pilotes que contienen el subsuelo de una gran avenida, son esos acompañantes con los que uno tiene que entenderse. Y al igual que cuando uno se sube a un ascensor y se mantiene en ese espacio justo, sin invadir el del compañero de viaje, pero lo suficientemente cerca como para permitir que otros entren en el habitáculo; los proyectos también tienen que encontrar su sitio guiados por la mano del arquitecto.

Al acceder al Dalbat Showroom, una pequeña tienda del año 2004, el visitante entrará en un espacio descarnado. El bajo de un antiguo edificio de viviendas del centro histórico de Granada que deja ver y palpar su memoria construida. Las irregulares fábricas de ladrillo originales, los techos cosidos por bajantes del piso superior o los refuerzos estructurales, se mezclan con los pavimentos de las antiguas caballerizas del inmueble, que no han sido ocultados. Estaban allí antes, así que merecen un respeto, parecen decir los elementos añadidos por Jiménez Torrecillas. Las carpinterías, formadas apenas por un vidrio cogido por unas pequeñas grapas metálicas se separan de las paredes. Incluso puede introducirse la mano por esas rendijas que recuerdan a los vidrios de Lewerentz en la iglesia de Sankt Petri en Klippan. Aquí estamos invitados, en caso de ser retirados nada habrá alterado el lugar.

Esa separación sosegada de lo nuevo respecto de lo viejo puede verse también, en la piel de listones que complementa y remata la torre del homenaje de Huéscar, demostrando que lo contemporáneo no está reñido con la preservación del patrimonio, si uno es capaz de cogerle la medida a la intervención.

Más próxima al boxeo se encuentra la lucha entre elementos de materialidad opuesta como los pilotes y los espacios peatonales que configuran la estación de metro de Alcázar del Genil. Las grandes piezas de hormigón rugosas y violentas que permitieron abrir la excavación de la estación, contrastan con el hormigón pulido, el vidrio y el acero brillante que aporta la textura cercana a los usuarios de ese espacio. Ambos mundos, el de la obra tosca, titánica y necesariamente violenta, y el de la necesariamente precisa, delicada y minuciosa, se vigilan como dos púgiles que ocupan las esquinas de un mismo ring. Una cortina de luz artificial que brota del suelo y busca fundirse con la que llega de la superficie separa a ambos contendientes, manteniendo la distancia necesaria entre ambos mundos, dejando que unos se centren en contener el terreno y otros en atender al viajero.



La reconstrucción de la Muralla Nazarí, en el Alto Albaicín, frente a la Alhambra, hace gala de esa misma educación. Atiende a lo que allí sucede, y completa el vacío que la ruina de la antigua construcción había producido, pero da un paso atrás. Se sale del trazado original de la muralla, para ponerse al lado, manteniendo la distancia, sabiendo de su importancia pero cediendo el protagonismo a los lienzos originales.

Se separa, pero lo justo, para seguir siendo muralla. Es cierre pero al mismo tiempo es una membrana porosa, que permite el paso de la luz, del aire y del viento, así como el de las personas. En una tensión mantenida, en la que la medida y la proporción entre ciego y macizo concentran toda la complejidad de la obra. Ya lo advirtió Mies van der Rohe al afirmar que: “En la arquitectura, la cuestión de la proporción no siempre se refiere a la de los objetos en sí, sino, muchas veces, a la proporción entre los objetos.”

Sin duda las lajas de piedra apiladas pueden ser retiradas, dejando inalterado en lugar, reconstruyendo de nuevo el vacío, pero ya nunca será igual. Cuando alguien educado se retira, en el vacío que deja se sentirá la presencia de una ausencia, la incomodidad de una distancia inapropiada. Y aquí tanto necesita la nueva intervención el contrapunto de los antiguos muros, para ser un cierre visual en el paisaje, como la masa original necesita de la porosidad de la nueva construcción para recrearse en su rotundidad.
Esa justa distancia es difícil de controlar, hay quien lo intenta toda la vida y sólo puntualmente lo consigue. Si se recorren las páginas de la tesis El viaje de Vuelta, se podrá comprobar, por ejemplo en las fotografías, que Antonio Jiménez Torrecillas, intuía de manera íntima esa medida, conocía ese punto exacto en el que colocar el objetivo para con naturalidad convertir lo normal en extraordinario. Mantener la distancia, no es en este caso mantenerse alejado, sino lo contario, cercano. Cercano a unas obras que mantienen vivas para siempre las enseñanzas de aquél que decidió sus proporciones, sus medidas y sus distancias.

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