Pedagogía innata

Alejandro Pérez García, Granada.

Hace cosa de una semana, en una de estas incipientes calurosas noches de un verano que ya empieza a llegar, al no poder dormir y tras pasar largo rato dando vueltas en la cama, decidí revisionar una de esas películas que, de manera recurrente, todos, cada cierto tiempo, tenemos la costumbre de ver ya sea por iniciativa propia o porque no haya nada mejor que ver en la televisión.

Ese día había estado oyendo un podcast relativo a los Monty Python así que supongo que me dejé llevar por lo reciente esta escucha y me decidí a ver la Vida de Brian, aunque, al haberla visto tantas veces, ya no supone una sorpresa para mí casi ninguna escena pese a que me sigan sacando una carcajada algunos de sus sketches más ácidos.

Sin embargo, esta vez, en lugar de hacerme reír o sonreír, hubo una parte de la película que me hizo reflexionar. Se trata de esa escena en la que una muchedumbre se congrega alrededor de un Brian al que han tomado por el Salvador de la humanidad y al que, constantemente, asaltan a preguntas esperando que el pobre hombre al que consideran la encarnación de una deidad en la Tierra sepa orientarles en el camino que han de seguir para alcanzar la existencia ultraterrenal.

- ¿Cuál es el sentido de la vida y la verdad oculta en el universo? –preguntan algunos.

- ¿Qué hemos de hacer de ahora en adelante? –continúan otros.

Este pasaje que, en otras ocasiones, me hacía desternillarme al ver al inocente Brian frustrado intentando desesperadamente explicar que él no es ningún Elegido y como, al hacerlo, va provocando en la turba la firme convicción de que sólo por negar serlo debe, de hecho y sin lugar a dudas, ser el propio hijo de Dios, me hizo caer en la cuenta de la necesidad que tenemos los humanos de un mentor en casi todos los pasos y nuevas actividades o caminos que iniciamos en la vida.

Como consecuencia, intenté hacer memoria sobre quiénes han sido, para mí, esos individuos que, de manera más o menos intencionada, me han orientado o servido de guía en el desarrollo de algún tipo de nueva empresa que haya decidido llevar a cabo. Evidentemente, no tardé mucho en empezar a plantearme quién podría haber sido mi referente cuando, hace ya bastantes años, pisé por primera vez una Escuela de Arquitectura. Y, al igual que fue un gesto casi automático plantearme esta cuestión, la respuesta surgió también de manera inmediata: si a alguien debo considerar como referente desde el momento en que, de verdad, empecé a tener consciencia de qué era la Arquitectura [con mayúsculas] es a Antonio Jiménez Torrecillas.

Recuerdo vivamente la vez en que lo conocí. Formaba parte de un grupo de alumnos que acabábamos de ingresar en la Universidad y que, por avatares de la vida, al estar prevista la rehabilitación del antiguo Hospital Militar en que tenía su sede la ETSAG, fuimos trasladados durante, en principio, cinco años [que luego serían doce] a un antiguo instituto que hizo las veces de Escuela para nosotros durante el tiempo que tardamos en aprobar la carrera. Para hacer las cosas algo más complicadas, por causas que en el momento no supimos entender, tampoco teníamos profesor asignado para la asignatura de Proyectos I. Algunos ni siquiera sabíamos en qué consistía esa asignatura de nombre tan poco concreto pese a que muchos compañeros de otros cursos nos insistían en lo trascendental que era y los inconvenientes que generaría en nuestra temprana formación el hecho de no tener profesor de esta materia durante un mes y poco.

Así pues, jóvenes e idealistas, nos movilizamos y fuimos a quejarnos allí donde se nos ocurría: despacho del Director, sede del Rectorado…

Yo, la verdad, es que no tenía muy claro a qué venía tanto alboroto: antes o después llegaría un profesor y el temario, que yo suponía que debía haber, se impartiría dejando algunos temas sin tratar, como había pasado siempre en colegios, institutos y facultades. Además, en cierto modo, no tener alguna clase al día no era del todo malo ya que podríamos descansar o estudiar en la Biblioteca o, incluso, ir a la cafetería de haberla tenido, pero ese es otro asunto.

Finalmente, un día nos notificaron que ya teníamos asignado un nuevo profesor: el lunes siguiente se incorporaría y daría las tres horas seguidas de clase que marcaba el horario del curso.
Antonio desde el primer momento nos impactó a todos. Su forma de hablar y de expresarse distaba mucho de las del resto de profesores que, hasta el momento, habíamos tenido. No hay que perder de vista que en primero de carrera casi todas las asignaturas se rigen por un temario fijo y que las clases, en esencia, consisten en tener a un alumnado escuchando lo que los contenidos que un profesor va contando de manera más o menos rigurosa mientras se van pasando diapositivas o transparencias en un proyector. Así que cuando Antonio, el Torrecillas como lo conocíamos en clase, se presentó y lo primero que hizo fue preguntarnos uno a uno cómo nos llamábamos y por qué nos habíamos decantado por una carrera como Arquitectura, rápidamente nos dimos cuenta de que esta asignatura iba a ser algo distinto.

Posteriormente nos explicó que él no tenía muy claro cómo nos iba a evaluar. Que se le había ocurrido que tuviéramos que hacer trabajos sobre temas que iríamos concretando más adelante. Y que, para que empezásemos a asumir la responsabilidad de exponer nuestras reflexiones y trabajos en público, cada uno de nosotros, semanalmente, tendría tres minutos para desarrollar ante el resto de la clase las ideas y conceptos que hubiéramos trabajado sobre el tema que tocase en esa sesión. De hecho, llevaba en el bolsillo el reloj de arena que, a lo largo del curso, sería nuestro cronómetro personal.

- ¿Y a partir de ahí nos evaluarás y calificarás? –preguntó algún alumno.
- No, os vais a evaluar vosotros los unos a los otros –respondió él sonriendo e intentando atrapar con los dedos cada una de las palabras que pronunciaba.

Nos contó que él no se sentía capaz de poner notas a aquellas personas que, en poco tiempo, iban a ser sus compañeros de profesión. Que no le parecía justo calificar con números, el esfuerzo de una persona. Así que había optado por hacer un listado con todos nuestros nombres. Cada semana nos entregaría a todos este listado y seríamos cada uno de los alumnos los encargados de ordenar los trabajos de los demás en función del interés que hubieran suscitado en nosotros.

Es fácil imaginar cuánto nos pudo sorprender este criterio de evaluación.

Algunos no tardamos mucho en buscar por internet quién era este Torrecillas, por ver si era un arquitecto reconocido o no, y nos quedamos maravillados al contemplar algunas de sus obras y al pensar que un profesional con su largo recorrido y éxito tuviera esa enorme humildad que demostraba al no querer evaluarnos.

Puedo decir que Proyectos I ha sido la asignatura que más he disfrutado de la carrera.

Algunas sesiones se limitaban a responder a preguntas concretas. ¿Qué es la Arquitectura? recuerdo que fue una de las primeras exposiciones públicas que tuvimos que hacer y que nos hizo reflexionar a un conjunto de adolescentes sobre el mundo en al que habían decidido dedicar unos cuantos años. En otras ocasiones nos llevaba a visitar la ciudad en busca de esos ejemplos de Arquitectura que a él tanto le emocionaban: los secaderos de tabaco de la Vega de Granada. Allí, sentados en uno de estos secaderos, nos confesó que durante la carrera él no había sido capaz de interiorizar los contenidos de las asignaturas de Construcción y que había sido, poco a poco, durante el desarrollo de sus proyectos cuando había conseguido entender los procesos constructivos más habituales. Señalando un tronco que hacía las veces de pilar apoyado sobre una base de piedra nos explicó cómo ese secadero se sostenía gracias al sistema trilítico y todos entendimos, en un momento, qué era una zapata y para que servía.

En ocasiones invitaba a profesionales que poco tenían que ver con la Arquitectura [músicos, cocineros, algún artista plástico…] a hacer una ponencia en clase y, a través de estas sesiones, entendimos todos que los procesos creativos son muy similares independientemente del ámbito artístico al que se dediquen.

Antonio siempre dejaba una enseñanza en cada clase y, lo mejor de todo, es que, con frecuencia, lo hacía sin darse siquiera cuenta. Era un hombre que tenía la capacidad innata de trasmitir conocimientos y enseñanzas, no sólo a nivel profesional sino, sobre todo, a nivel humano.

Un día, en clase, nos dijo que lo importante de la vida era aprender, que la vida sólo tenía sentido si se aprendían nuevas cosas, y que aprender sólo es útil si, después, transmitimos lo aprendido, si enseñamos.

Por eso, para muchos, aunque él no lo haya sabido, Antonio siempre ha sido nuestro mentor.

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