Skogkyrkogården: reconfortados por el bosque.

Rubén Páez, Barcelona.



Ante un mar brillante por el sol de la mañana, un señor vestido de traje está sentado en una tumbona sobre la arena de una playa. A lo lejos observa la hermosura y la juventud de un adolescente entrando en el agua, en un intento por alcanzarlo con la mirada estira el brazo pero cae desplomado y muere.

El protagonista de este cuadro cinematográfico es Gustav von Aschenbach, que en su deseo de estar más próximo a la belleza del joven Tadzio, consume el último aliento de su implacable destino, la muerte.

Esta escena final corresponde a la película Muerte en Venecia, de Luchino Visconti, basada en la novela homónima del escritor inglés Thomas Mann. En una Venecia decadente y sitiada por el cólera, el alma atormentada de Gustav presencia la asfixiante perfección de su entorno. En este marco, el compositor moribundo y el joven Tadzio establecen una sutil relación entre el ocaso y la inevitable muerte, y el cenit y la exultante belleza juvenil.

La película es un claro homenaje a la belleza perfecta e inalcanzable, aquella que no es posible tocar, tan solo sentir. Una belleza pura, estimulante y desconocida, en la que Gustav, una vez contemplada, está condenado a seducirla o a morir. El destino final es la parte más dramática y más bella. Aunque trágico, está lleno de belleza.Una belleza espontánea que tiene como banda sonora el cuarto movimiento (adaggieto) de la 5ª Sinfonía de Gustav Mahler. Una sublime obra que toca absolutamente todos los sentidos formando una unión indivisible entre música e imagen. Una elegía, un himno, un canto de dolor definitivamente bello. Tal vez no se cure la tristeza escuchándola, pero sí que se desate en nosotros una profunda reflexión que nos lleve a reconciliarnos con la belleza absoluta.

Pero, ¿es posible curar la tristeza?

Una de las muchas respuestas nos la da el periodista Vicente Verdú(1) en el artículo “Donde se puede curar la tristeza”, publicado hace unos años en el suplemento Babelia de El País, un escrito que me pasó un amigo que se enteró que viajaba a Estocolmo este invierno. En el inicio del texto se recoge la recomendación del escritor de relatos de aventuras, Robert Louis Stevenson, una frase que enuncia la trama del artículo que desarrollo:

Si tienes un ataque de tristeza no vayas a ningún otro sitio. Visita un cementerio”.

La muerte es terriblemente injusta, espontánea e impredecible. Como la belleza, no somos capaces de comprenderla pero si de sentirla. Sentimos pánico a la muerte y como tal huimos despavoridos de los lugares en los que descansan nuestros seres más queridos. ¿Sería posible entender un cementerio como el lugar en el que reconciliarnos con la vida, recobrar la serenidad de la pérdida y confrontar la desesperanza?

Esos sitios existen, he tenido la sensación de estar en uno de ellos, lugares en los que la poética de la muerte se acerca más a una experiencia satisfactoria que a una trágica. Uno de esos sitios es el Cementerio del Bosque de Estocolmo (1915-40), obra de los arquitectos Erik Gunnar Asplund y Sigurd Lewerentz.

En el viaje reciente a la capital sueca este invierno, tuve la oportunidad de comprobar como un espacio de la tristeza como el Skogkyrkogården (Cementerio del Bosque), puede convertirse en una experiencia estética elevada, un viaje a la conquista del paisaje épico. Hay que decir de antemano como dato, que todo el mundo en Suecia paga su entierro a través de los impuestos. La tasa incluye el derecho a utilizar un local para el funeral, además del transporte del féretro desde el local de la ceremonia hasta el lugar dónde descansen los restos. “Morirse no tiene por qué ser una ruina”, así de efusivo se mostró Mario, el guía mexicano afincado hace más de 25 años en Suecia, que nos acompañó en el recorrido de nuestra visita. En un país en el que el tratamiento de la muerte está bastante normalizado, nos confesó que es uno de los impuestos que se pagan con mayor satisfacción.

Pasear por el Skogkyrkogården es sin duda acercarse a la mirada de los autores románticos que evocaron e imaginaron un mundo clásico dominado y en contacto estrecho con la naturaleza, fuente inagotable de belleza. Es fácil imaginar a Asplund y Lewerentz repasar sus cuadernos de viaje de su Gran Tour(2) por tierras italianas. Un viaje iniciático a las fuentes del clasicismo, un testamento de la arquitectura del sur de Europa y un manantial en el que beber. En el libro Apuntes de Viaje del interior del tiempo(3), Luis Moreno Mansilla dedica uno de sus capítulos “El viaje de Lewerentz a Italia” a intentar imaginar como las ruinas y los paisajes italianos no solo marcaron la forma de ver y entender el pasado, sino la obra de los dos autores del cementerio.

El resultado del proyecto es una equilibrada fusión entre arquitectura, paisaje y sepulturas en superficie, en el que la sepultura horizontal y la amplia práctica de la cremación, permite conseguir un sistema menos perturbador con el conjunto del bosque. Un bosque que ya existía y que los arquitectos prácticamente dejan inalterado en la propuesta.

La llegada al cementerio la hacemos en transporte público, el T-Banna (metro de la ciudad de Estocolmo) tiene una parada a escasos metros del recinto. El acceso se hace de manera sencilla, flanqueado por dos muros altos, con una ligera pendiente y sin puertas monumentales creemos que estamos entrando en un jardín. Tan solo la lámina de agua o nympheum(4) en el muro izquierdo del acceso, nos recuerda que estamos traspasando un umbral y accediendo a un cementerio.

No es fácil describir ordenadamente las sensaciones experimentadas, ya sea por la cantidad de sorpresas que en el recorrido tuve o ya sea por la excitación que produce recorrer un lugar tan bello. La primera pregunta que me hice fue pensar como sería aquel espectáculo a lo largo del paso de las estaciones, el día que lo visité una fina llovizna impregnaba el ambiente de una bucólica paz. Pero, ¿y un hermoso día soleado?, o ¿un frío día de invierno?, o ¿una otoñal tarde de octubre?…la respuesta era la misma: extraordinario. Aquella reflexión me hizo pensar en la visita al cementerio como una experiencia más que con el dolor de la pérdida, con la naturaleza. Una analogía de la propia vida, en la que los ciclos se repiten, las idas y venidas, los tránsitos o los pasos de un sentimiento a otro. En definitiva, el paso del tiempo hecho a base de instantes y conformando un lugar de la memoria.



Ese tiempo también está presente en la arquitectura, marcado en la pátina de los muros que se alzan en el recinto, en las cubiertas metálicas de cobre o en los revestimientos de las fachadas. Unos muros no muy altos que nos aíslan del exterior y nos permiten recorrer el cementerio libremente. El recorrido es un elemento presente del que no te puedes abstraer, presente desde el acceso al recinto hasta el paso por las diferentes capillas. Una procesión que une al sujeto en el duelo, la arquitectura y el paisaje. El ritmo del recorrido no es uniforme ni constante, se equilibra entre: ascendente y descendente, sombrío e iluminado, abierto y cerrado, el contraste nos acompaña en todo momento. Los recorridos tienen algo de ordenados (Lewerentz se encargó mayoritariamente del paisajismo del proyecto), porque sin duda marcan ejes y localizaciones concretas, pero después de las ceremonias prevalece la idea de recorrer el lugar con la libertad de aquel que se aleja del sufrimiento y se pierde en un bosque de caminos, claros y lúgubres rincones. Un recorrido en soledad bajo la impetuosa sensación de pertenencia al lugar, el bosque, y a la vez la extraña impresión que adentrarse en él es un paso previo a un viaje por la imaginación.

Seguimos con Mario recorriendo Skogkyrkogården, nos explica los distintos elementos que vinculan el proyecto con la creencias ancestrales nórdicas y la cultura cristiana. Hace hincapié en la idea del bosque como espacio sagrado, lugar de rituales, ofrendas y sacrificios vinculados a la figura del árbol: elemento de conexión entre el mundo terrenal y el divino. El agua da vida y purifica, comenta, y los túmulos elevados poseen un significado doblemente sagrado: base del entierro y cima como hito, lugar fundacional de los templos que hacen de vínculo entre el hombre y los dioses. Mi experiencia, más allá de las palabras del guía, está más cercana a entender el cementerio como un escenario ideal para conectarse con la melancolía y el espíritu viajero evocado por el paisaje.

n ese viaje faltaban por visitar los espacios ceremoniales. El paso por las diferentes capillas nos acerca al trabajo de los autores del cementerio en lo referente a la arquitectura. Un trabajo que no puede analizarse autónomamente, sino entenderlo como parte integrante. La Capilla de la Santa Cruz y la Capilla del Bosque entroncan con principios más cercanos al naturalismo, defendidos por Asplund, mientras que la Capilla de la Resurrección, de Lewerentz se acerca más a un planteamiento clásico. El resultado son tres magnificas obras.

La primera que visitamos es la que se encuentra en el complejo del Crematorio, llegamos a pie por un sendero ascendente de piedra, acompañados de un largo muro bajo que culmina con la gran cruz de piedra. Un atrio con un impluvio central inunda de luz el espacio en sombra y nos da la bienvenida. El complejo tiene 3 capillas que pueden usarse al mismo tiempo sin que se crucen las distintas comitivas. Este hecho, destaca el guía, le da al complejo una flexibilidad para poder celebrar el mayor número de ceremonias diarias. Bajo el atrio, entendido como espacio de confluencia, el pavimento se mete hacia el interior de la Capilla de la Santa Cruz formando una ligera pendiente y estableciendo una unidad material. En el interior llama la atención la sencillez, la escasa ornamentación y la forma orgánica que adquiere el espacio estableciéndose una continuidad con el exterior. Nos comenta Mario que la escasa ornamentación se debe al hecho de poder ofrecer la máxima flexibilidad a la capilla dependiendo del tipo de ceremonia que los familiares quieren dar a sus difuntos. Dejamos la capilla con la sensación de haber estado en un espacio de tránsito, ni principio ni final, en el que la arquitectura del complejo se asienta sin ser protagonista.

Rodeamos la capilla, dejando atrás las viejas chimeneas de ladrillo del crematorio y nos adentramos en el espeso bosque bajo la fina lluvia que sigue cayendo y caminamos durante unos minutos entre inmensos abetos. En un momento dado estos quedan rodeados por un recinto, dos de ellos flanquean el camino que nos acerca a la Skogscapellet (Capilla del Bosque). La llegada al claro que ocupa la capilla coincide con una lluvia más intensa. Nos resguardamos rápidamente bajo el atrio de columnas blancas, de escasa altura, esperando entrar en el interior. La primera impresión es la de estar bajo un templo primitivo de formas arquetípicas. La forma conceptualmente sugiere una gran cubierta de geometría piramidal, una forma que en mitad del bosque y con la lluvia ha aumentado nuestra sensación de protección. Más allá de las inclemencias del tiempo el espacio exterior cubierto sugiere el amparo ante la pérdida. Hecha de pequeñas escamas de madera, se integra con los troncos de los abetos circundantes y flota visualmente en el bosque. La capilla acoge el rito de la despedida en el sentido más ancestral, nos aclara el guía. El acceso lo hacemos de manera ritual bajo la columnata en la penumbra, accediendo al centro del interior, iluminado y de gran altura. La luz cenital nos conecta con el exterior y despega la cúpula del resto del espacio en sombra. Resulta muy sugerente la secuencia: hemos pasado, apesadumbrados, de un bosque húmedo, sombrío y denso, a un espacio cálido, sencillo, luminoso y evocador: un interior a la altura emocional de su uso. Esta sensación la corroboro con algún compañero de viaje, Asplund ha sabido prepararnos dramáticamente para llevarnos de la pesadumbre a la esperanza y a la serenidad.

La lluvia ha pasado de nuevo a convertirse en fina llovizna. Dejamos la capilla y desandamos unos metros hasta llegar a uno de los ejes más importantes que cruzan de norte a sur el cementerio: la Vía de las Siete Fuentes.

Si bien Lewerentz se ocupa mayoritariamente del paisajismo del Cementerio, es el encargado de desarrollar la última de las capillas, la Uppståndelsekapellet (Capilla de la Resurrección). El camino es largo hasta llegar a ella, más de 800 metros nos separan del objetivo, un trayecto en sentido ascendente custodiado por imponentes abetos en los que la cota del camino se hunde en el bosque abrazándonos y permitiéndonos atisbar en la lejanía la edificación.

Si las dos anteriores capillas de Asplund parecían centrarse en la idea del rito, Lewerentz en ésta hace de la transcendencia el concepto principal, el paso de la vida a la muerte y la posterior resurrección – nos comenta el guía. La aproximación se hace desde el camino, paulatinamente, vislumbrando en el horizonte parcialmente la edificación, con claras referencias a la antigüedad. Sorprende por la escala gigante, volumétricamente formada por dos cuerpos, uno opaco, más abstracto y rectangular y el otro, un pórtico de columnatas de orden clásico, ligeramente separados entre sí. El acceso no lo hacemos por la puerta frontal que encontramos bajo el pórtico de columnas y que finaliza la larga perspectiva del camino, sino por una pequeña puerta en el volumen alargado anexo. Nos advierte el guía que se trata de un acceso secundario y también la salida una vez finalizada la ceremonia. Este hecho imposibilita imaginarnos la secuencia que pensó Lewerentz, pasar de un umbral a otro, transcender alegóricamente.

A primera vista el interior parece un cenotafio. El término hace referencia a una tumba sin cuerpo, un sepulcro vacío. Esa es la idea que aparece en mi mente recordando el proyecto del Cenotafio de Newton de Étienne-Louis Boullée. En el proyecto del arquitecto neoclasicista francés la sombra es inseparable de la luz, y ésta última tiene una carga escenográfica a la altura de las expectativas del lugar.

El espacio interior de la capilla posee esa referencia, es pequeño pero rico en matices potenciados por la luz. Parece que hayamos pasado de un espacio exterior en color a un interior hermético y artificial en blanco y negro. Una luz blanca de sur entra por una única ventana tripartita a media altura. Ésta penetra manchando la oscuridad, interfiriendo en la percepción de los colores, de los materiales, de las texturas, de la profundidad y conformando rincones sombríos, dejando dramáticamente iluminado el lugar en el que reposaría el féretro. La luz no parece que quiera iluminar, sino deslumbrar, sobrecoger y paralizar. El resultado es un lugar en el que se respira un ambiente sepulcral. Un ambiente frío, místico y hasta cierto punto irreal.

Salimos por una pequeña puerta y siguiendo el mismo eje descendemos por unas escaleras hasta tomar el camino que acompaña el muro que cierra el cementerio por el lado oeste.

Hemos llegado de nuevo al punto inicial de nuestra visita, estamos volviendo al mundo exterior. Por unas horas hemos podido comprobar como la naturaleza en el Cementerio del Bosque actúa como escenario en el que se registra el acontecer, el ser y el estar en un presente continuo lleno de acontecimientos sorprendentes y experiencias. Hemos sido espectadores, visitantes descubriendo el lugar, y para ello, hemos tenido que escucharlo y encontrar la luz que permanece oculta en un sitio a priori triste.



Notas:
1.Vicente Verdú. Donde se puede curar la tristeza. Revista cultural Babelia. EL PAÍS, 2 de Noviembre de 1996.
2. El Grand Tour es el nombre dado al viaje de diversión/instrucción por Europa que realizaban los jóvenes de clase alta motivados por conocer la ruinas clásicas siguiendo unos itinerarios establecidos con ciudades de obligado paso como Venecia, Roma, Florencia, Nápoles.
3. Apuntes de viaje al interior del tiempo. Luis Moreno Mansilla. Arquia/tesis, Fundación Caja de Arquitectos, Barcelona, 2002
4. Monumento de la Antigua Grecia y Roma dedicado a las ninfas, especialmente a las relacionadas con las fuentes. Originariamente concebidos como manantiales situados en la grutas o cuevas naturales, en las que las ninfas vivían. En la cultura cristiana, se situaban en el atrio de las basílicas, como símbolo de purificación.


Fotografías:
Foto 1. Fotograma escena final de la película Muerte en Venecia.Luchino Visconti (1972)
Mosaico de fotografías de Rubén Páez. Viaje a Estocolmo. Abril 2016

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