Mudanza literaria.

Carlos Cachón Barcelona,

Estimada, hoy estuve contemplando unos objetos abandonados que la casualidad puso ante mí. Anodinos. Una figura con un equívoco aire persa, una cabeza de animal, un loro incomprensiblemente multicolor, unos extraños discos aparentemente metálicos, con un agujero en medio como si fuesen donuts… Aunque de abandonados sólo tienen que un día alguien se deshizo de ellos y otro, que pensó que podía sacarles provecho, los adquirió y ahora están de nuevo a la venta, a un precio, es de suponer, más alto. Me gustaría decir que me he topado con ellos recorriendo un mercado callejero. Que me muevo, que aspiro el aroma de las calles. Que sorteo o cedo el paso a gente como yo. Pero sólo se trata de una foto. He notado ante ellos, de cualquier modo, tu ausencia. ¿No es esa su cualidad? La de esos objetos. Delatar una ausencia. Ser destinatarios de una posesión que en algún punto se truncó. Y estar abiertos, expectantes, desde entonces, a ser poseídos de nuevo, cuando su brillo se ha desvanecido.

Estimada. ¿No nos jactábamos de que todo lo sólido se desvanece el aire? Hemos cometido el error de, en nuestra sociedad capitalista, darle a lo palpable un mero valor de cambio. Todos esos objetos... Reproducciones de animales, figuras semi-mitológicas, elementos algunos con un evidente aire kitsch... Uno a uno, como meras piezas singulares, recibían nuestro desprecio por ser sólo bienes de consumo, por querer apropiarse de significados que no entendían, por servir sólo a una mentira, la ambición de sus propietarios de adquirir una grandeza que sus vidas no tenían, unas piezas que soñaban dotadas de un cierto aire de monumentalidad… En realidad, meras recreaciones sin sustancia que sólo podían engañar a ojos no entrenados, que sólo podían expresar ante ellos, justo lo contrario de lo que sus dueños deseaban, su propia ridiculez. Pero quizás nos engañamos, tenían un valor. Es sólo ahora cuando las contemplamos como mera acumulación, unas junto a otras, desprovistas ya de su expresión inicial, transformadas en serie, cuando comprendemos que en realidad poseen un sentido, que se nos había pasado, transmisoras de unos valores, insustanciales pero reales, de unos individuos que seguramente nunca destacaron en nada, pero estuvieron ahí, un día, y esos objetos suponen hoy la única posibilidad de aproximarnos a ellos. Un sentido que esos objetos por simple proximidad han recibido. Hoy son ya los únicos depositarios de la presencia de unos seres corrientes que ya no existen, su único testimonio. Extrañas concreciones de memoria.

Estimada. Hoy escuché a un tonto decir que todo su discurso se basa en la firme oposición al monumento. Al parecer eso es lo que intenta transmitir desde el atrio a sus estudiantes. Y luego en realidad los modelos que pretende promocionar… Todos lastrados por esa retórica… Imágenes rugosas, preindustriales, atadas siempre al pasado. Esa idea nunca expresada de que el presente es algo corrupto… Ese su anacronismo. El muy ingenuo. Con sus aspiraciones. Como si en esa oposición no subyaciese el germen mismo de la monumentalidad. La pretensión de que hay algo que está por encima de lo demás. De que nuestra posición es la buena. De que hay algo correcto y algo incorrecto. Y lo correcto, por supuesto, es lo nuestro. Yo también he sentido ese desprecio al monumento... Lo atesoro. Esa idea de que no se puede aceptar a los objetos tal como son. De que hay que revestirlos de un aire de grandeza. De que hay que volver la vista atrás a la búsqueda de lo que es grave. De que hay materiales dignos, formas de revestir solemnes, construcciones insignes. De que hay una fastuosidad a la que aspirar. Cierto, incluso en los materiales corrientes o en los industriales, en las formas modestas, en las edificaciones que admiramos por su falta de suntuosidad existe también un trasfondo inequívoco de solemnidad, aunque estén elaboradas con lo que no es untuoso. Pero mi desprecio no se difumina. Conservo mi antagonismo hacia esas posiciones grandilocuentes, hacia sus héroes salvadores. Nunca lo perderé. Me siento tan lejos sin embargo de jactarme de esa mi modestia…

Estimada, contemplando esos objetos pensé en los días que pasamos juntos, en ciertos reproches que nos hicimos. Tenía una tenue idea romántica de nuestra relación entonces. Creía que todos los conflictos que surgieron se debían a una reacción injusta, mal medida por tu parte, frente a mi comportamiento incondicional, absolutamente desinteresado. Pero ahora me pregunto si, a semejanza de la grandilocuencia que pretendía revestir esas piezas anónimas, era cierta. Si no se trataba desde mi parte más que de un acto de apropiación. Simple afán de posesión.

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